sábado, 17 de noviembre de 2018

Un libro que se mudó en una habitación de este corazón

Hay un libro que en estos últimos meses ha sido mi compañía en mis agobiantes viajes de los viernes y se volvió un bálsamo en mis tardes silenciosas después de acabar el trabajo.
He pensado que los libros son como pilotos que te llevan de viaje por lugares insospechados, que puedes flotar aunque pises el suelo y que puedes soñar aunque estés despierta. Me pasa cada vez que me aventuro en sus páginas.
Todas las historias de este bello libro me atraparon, me dieron una sacudida y hasta me robaron una que otra lágrima caprichosa.
Empecé aventurándome en la página “No siempre fuimos cuatro”; recordé las amistades que llegan a su tiempo, te invaden la vida y se estacionan en tu corazón.   Me dejé envolver por “Hoy ten miedo de mí”; ¿Cuánto poder tiene una canción? Diría que mucho, más aún si te conecta siempre a alguien. Tomé unas bocanadas con “El Dolor es bueno”. Claro, el dolor es inevitable, superarlo nos hace más fuerte. Unas páginas más y llegué a “Las cajas”; un sinfín de momentos de la vida, pasando de caja en caja y personalmente, llevo una bella caja conmigo. Me dejé caer en “El libro de los abrazos”; estoy segura que si empiezas las primeras páginas de Eduardo Galeano no te despegarás de ellas, yo por experiencia tengo uno desde el 2012. Llegando a “La Pasión de vivir” y aquí hago una pausa, leerlo se me forma un nudo en la garganta. Pienso cuanto adoro a mi hermana; cuanto compartimos, una confidente del día a día… Ahora estoy adentrándome en “La pulga de capote”, ese fragmento que en primera fila escuche desde los labios de la autora. Un bello fragmento que te deja deseando más.
Podría contar otros pasajes de este libro pero me tomaría unos días enteros por escribir todos. Ahora voy rebobinando y volviendo a leer unas historias más veces que otras. Es divertido, es nostálgico, es atrapante y relajante.

La protagonista de esta historia y autora de este libro, es alguien a quién quiero profundamente. Y en lo personal, es una persona que admiro con total pasión.

Pienso que el destino es caprichoso. Hace tiempo, si mi memoria no me falla, aquel 2011 en una edición de Letrasértica encontré un fragmento suyo. Solo me di cuenta cuando ya lo había comprado. Esa fue la primera vez que supe de ella desde algo impreso… Me lleno de gusto pero también de nostalgia. Al igual que el cruce en la edición del Diario correo años después.  O  un día del 2017 estando yo en un bus la vi caminando por una avenida, se me erizo la piel y hasta tuve el impulso de bajarme a saludarla, aunque entrando en razón ¿Qué haría? Pero bueno, esas historias son pasadas. El presente es otra historia, otra página, otra edición.

Debo decir, que en mis escritos siempre he sido de contar las despedidas, porque esas ya no duelen, no resuenan ni me agitan el corazón… pero escribir de bienvenidas, eso es algo más reciente, más tangible, te aprieta el corazón.
En serio, me es más fácil escribir las despedidas pasadas que las bienvenidas presentes. Y es que la llegada de este libro con la autora y la otra historia que se encierra detrás te hacen desprender del suelo; los nervios, los miedos y la felicidad  están a flor de piel…

Este es un libro que se mudó en una habitación de este corazón, que celosamente se instaló y está rodeada con el olor a pintura fresca. Así que diré; bienvenida mi más preciada adquisición que ahora descansa al lado de mi libro: Rimas y leyendas de Gustavo A. Bécquer, otro  libro muy preciado de mi infancia.
Y sobre todo(a riesgo de no saber que está pensando) bienvenida letra G. También reencontrarnos este año ha sido el mejor regalo que he tenido, quisiera que siempre fuera así.

lunes, 12 de noviembre de 2018

La letra C que perdí…

Un día soleado. Un verano largo. Un tiempo que ya no cuento desde mis labios. Un recuerdo que a tropezones se fue de mis manos. Aquel día de verano; sobre la arena, observando el mar y bailando con el viento, habíamos conquistado la felicidad momentánea.  
Como jugando a la orilla del mar, nos encontramos tú y yo dibujando objetos sin forma sobre la arena. Hablando y compartiendo historias pasadas y futuros inventados; con las miradas encendidas y de sonrisas cómplices.

Te dije – ¡mira! – Había dibujado en la arena tu nombre con adornos, lo hice sin pensar pero me gusto lo que hice. Me observaste y sonreíste. No sé qué pensabas pero después de un rato me llamaste y me enseñaste lo que habías hecho en la arena, que a modo de devolverme el gesto pusiste mi nombre.
Me pareció un bello detalle, aunque noté que le faltaba una letra. Por un momento me sentí incompleta, te hice saber que no podía dejar mi nombre así. Y aunque dijiste que luego lo arreglarías eso nunca pasó.

La letra C que perdí, la letra que no me regresaste. En ese entonces dolió y dolió más sentir el olvido que se quedó en aquel verano…